Populismos de izquierda y de derecha: fenómenos iguales, debates antagónicos

Por: Diego Redondo Cripovich

Conceptualizar el populismo resulta una tarea compleja que lleva a plantear algunas preguntas: ¿Se trata de una ideología? ¿De una estructura de contenido variable según el contexto? ¿Puede ser positivo o intrínsecamente es negativo? ¿Hay populismos “buenos” y “malos”?

Desde la academia, autores como Mudde, Weyland, Laclau y Raby desentrañan este fenómeno y sus implicancias para contribuir al debate desde la deconstrucción de la categoría.

Mudde afirma que se trata, en efecto, de una ideología que separa a la sociedad en dos grupos homogéneos y antagónicos: “la gente pura” versus “la elite corrupta”, y que sostiene que la política debe ser una expresión de la voluntad del pueblo. Weyland agrega que se ejercita mediante la figura de un líder personalístico que ejerce el poder sobre la base de un grupo desorganizado y desinstitucionalizado de seguidores.

Cabe preguntarse entonces si se trata de una ideología. El populismo no es una ideología con un contenido determinado. Se trata de un fenómeno al que se le puede aplicar la clásica distinción jurídica: forma-fondo. Tiene forma en la medida que es un modelo estratégico, es decir un conjunto de métodos de ejercicio del poder que se corresponden con las características de Mudde: separar a la sociedad en dos grupos antagónicos y reivindicar la voluntad general. Pero no tiene fondo pues no ostenta políticas necesariamente vinculadas con una ideología.

Así, acuño el concepto de lo que llamo la “fungiblidad sustancial del populismo”. De esta manera, las decisiones políticas concretas que se toman en un Estado (su elemento de fondo y sustancial) pueden variar dentro del espectro ideológico, mas no las formas de ejercer el poder. En este sentido, Diane Raby sostiene acertadamente que el populismo puede ser de derecha, de izquierda o de centro según la coyuntura y el balance de las fuerzas clasistas de un país específico en cierto momento. Cualquiera sea su orientación, el discurso de quien gobierna siempre alega querer incorporar a aquellos “grupos vírgenes” en lo político. Como bautiza Laclau, se trata de esas masas socioeconómicamente vulnerables que han sido históricamente vetadas de participación. No obstante, esto no siempre es real.

Dicho esto, cabe preguntarse si el populismo puede ser positivo o es negativo por antonomasia. La aparición de un líder populista no tiene porqué ser intrínsecamente negativa. Esta figura tiene la capacidad de materializar y dar visibilidad a demandas insatisfechas del pueblo que siente una crisis de representación. No obstante, este rol debe ser transitorio, al igual que una política asistencialista. Si se perpetúa este tipo de liderazgo, los movimientos que dicen representar no son tales. Al desaparecer el personaje que lidera, con él desaparecen todas sus iniciativas. El populismo debería ser una primera etapa de un proceso largo y complejo que concluya con una real incorporación de esas masas que habían estado vetadas de lo político.

En definitiva: ¿Hay populismos buenos y malos? El populismo ha sido juzgado con gran peso en Latinoamérica. Concretamente, en Argentina se ha visto desde los grupos conservadores académicos, políticos y mediáticos a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández como negativos. Parece ser que sus populismos son “malos”. No obstante, el actual presidente de la República, Mauricio Macri, sigue perfectamente las características que Mudde atribuye a un líder populista: divide antagónicamente a la sociedad en dos grupos, “la elite política corrupta” -el Kirchnerismo- y la “gente pura” -el pueblo y los nuevos dirigentes-. Macri manejó en su campaña electoral eslóganes utópicos tradicionalmente populistas, con tres ejes claros: “pobreza cero”, “condenar la corrupción” y “reducir la inflación”. Al igual que sus anteriores homólogos, se involucra en una dialéctica demagógica que apela a las pasiones populares. Sin embargo, el populismo de la “alegría”, el del “cambio”, el macrista, es elogiado en la prensa dominante y en instancias internacionales como el Foro Económico Mundial por su “vuelta al mundo” -parece ser que la Argentina Kirchnerista estuvo ausente de él-. Podría entenderse de este discurso que las únicas plataformas relevantes, el único mundo, es aquel dominado por los países del “centro”, no de la “periferia”.

¿Qué es lo que ha cambiado? Definitivamente no ha sido la forma. Lo que ha cambiado, en cierta medida limitada, fue el contenido. Las políticas materiales han migrado en dirección a una derecha moderada que sigue reproduciendo muchas de las estructuras clientelistas de sus antecesores Kirchneristas.

Si se juzga a un gobierno por su carácter populista, todos ellos deberían ser medidos con la misma vara. De lo contrario, lo que se pone en tela de juicio no es la forma, sino la ideología manifiestamente opuesta a las nociones liberales de mercado.

Un líder político debería representar un movimiento. Su habilidad yace en lograr cambios estructurales que lo trasciendan. Ahora, resulta que para los discursos “progresistas” argentinos la culpa de la victoria macrista es, paradójicamente, del pueblo. Ese mismo pueblo que ellos pretendían incorporar cuando tenían el poder de hacerlo. Aquí, la autocrítica resulta fundamental.

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