Sin inclusión no hay paz: El verdadero reto del posconflicto colombiano

Por: Ana María Arbeláez

Desde el año 2012, Colombia ha sido centro de atención de la comunidad internacional debido al proceso de negociación de paz entre el gobierno del país y la guerrilla de las FARC. El interés que ha despertado este acuerdo, no sólo ante la sociedad colombiana sino también en la comunidad internacional, es entendible en la medida de que, en caso de ser exitoso, se pondría fin a un conflicto que con más de 50 años se consolida como el más prolongado de la historia latinoamericana.

Uno de los aspectos más relevantes de este proceso de paz ha sido la lucha de las mujeres en la reivindicación de su derecho a participar de una manera activa en la redacción e implementación de los Acuerdos de la Habana, destinados a la unificación de una sociedad fragmentada por el conflicto. En efecto, aunque al inicio de las negociaciones no había ninguna mujer en la mesa de diálogo, tras la celebración de la cumbre “Mujeres y Paz” en el año 2014, se logró promover la creación de una subcomisión de género. El principal objetivo de esta delegación sería promover la inclusión de la perspectiva de las mujeres, como grupo relegado, en la redacción de los acuerdos.

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“Queremos pactar y no ser pactadas”. Este fue el lema que identificó al movimiento que se propuso desafiar la marginalización histórica de la participación de mujeres dentro de la esfera política en general, y de las negociaciones de paz en particular. Al respecto, cabe destacar que entre 1990 y 2017, a nivel mundial, el porcentaje de mujeres que formó parte de algún proceso de negociación de paz se limitó a un 8%. Este porcentaje es preocupante si se considera que los enfrentamientos armados generan efectos diferenciados afectando de manera más aguda ciertos grupos sociales vulnerables.

La participación de la mujer en el contexto del conflicto armado colombiano se explica en parte por la desatención histórica del gobierno central sobre las áreas rurales en temas como salud, educación y oportunidades de desarrollo. Abandono que situaría la pertenencia a un grupo armado como una oportunidad de vida para aquellas personas de las áreas afectadas por la guerra. Muchas mujeres se situaron en escenarios de violencia donde las agresiones sexuales representan una forma de humillar al enemigo. La mujer, al ser considerada un sujeto débil que debe ser protegida por un hombre, termina concibiéndose como un premio de guerra.

A partir de ello, la violencia contra la mujer debe abordarse desde la perspectiva de los roles de género. No puede perderse de vista que este fenómeno es una de las más graves injusticias derivadas del establecimiento de tipos ideales de masculinidad y feminidad que promueven no sólo condiciones desfavorables para ciertos grupos poblaciones, sino también exclusión para cualquier persona que no se sienta identificada dentro de estos estereotipos, bien sea por su orientación sexual o su filiación de género. Por esto, las reivindicaciones suscitadas desde la subcomisión de género tenían unas pretensiones mucho más amplias que buscaban revalidar, no sólo el rol de la mujer en el conflicto, sino el de toda persona que sintiera que sus derechos fueron afectados como consecuencia de la imposición de un entendimiento hegemónico de masculinidad y feminidad dentro de la mesa de negociaciones. De hecho, uno de los resultados de la labor de la comisión fue lograr que en el texto final de los acuerdos se incluyeran varias disposiciones tendientes a fomentar posturas más inclusivas y diversas en lo referente al género. Este resultado fue catalogado como una gran conquista y como una de las más importantes innovaciones del proceso de paz colombiano.

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Sin embargo, tras el resultado del plebiscito del 2 de octubre de 2016, en el que la ciudadanía colombiana rechazó el acuerdo suscrito entre el gobierno y la guerrilla de las FARC, fue necesario considerar la modificación de varios puntos del tratado. Al respecto, uno de los temas más controvertidos fue precisamente la inclusión de nociones más incluyentes de género. Esto, debido a que un gran segmento de la población colombiana que se mostró opositora a los tratados de paz hizo claro su rechazo a la vulneración de preceptos religiosos, a partir de la cuales se protegen valores conservadores en torno a la sexualidad tales como la identidad y posibilidad de conformación familiar, pues consideran que la familia debe estar constituida por un hombre y una mujer.

De acuerdo con lo anterior, aunque teóricamente los acuerdos buscan fomentar consensos y transformaciones sobre problemas estructurales tales como la violencia y la discriminación de género, el resultado del plebiscito y las peticiones de modificación de los grupos de oposición reflejan que esta problemática tiene profundas raíces en el ideario y la cultura colombiana. Entonces, generar un verdadero cambio es mucho más complicado e implica que la reivindicación del papel de la mujer no puede limitarse a la conmemoración del 8 de marzo. Por el contrario, una verdadera transformación requiere un envolvimiento cotidiano de hombres y mujeres para modificar las prácticas sociales que reproducen los significados hegemónicos de género. De esta manera, concluyo sumándome a las palabras de Humberto de la Calle quien considera que: “La superación de la violencia sólo será real cuando se extirpe del comportamiento social todo rastro de arbitrariedad, propio de quienes pretenden la imposición de modelos ideales”.

 

REFERENCIAS:

  1. https://colombia2020.elespectador.com/politica/por-que-es-tan-importante-el-enfoque-de-genero-en-los-acuerdos-de-paz
  2. https://colombia2020.elespectador.com/politica/mujeres-un-acierto-de-participacion-en-el-posconflicto
  3. http://www.semana.com/on-line/articulo/el-cuerpo-femenino-como-arma-guerra/81387-3
  4. http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/equidad-e-ideologia-de-genero-en-el-acuerdo-de-paz-34069
  5. http://equipopazgobierno.presidencia.gov.co/prensa/declaraciones/Paginas/humberto-calle-habla-sobre-inclusion-enfoque-genero-acuerdos-paz.aspx

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