La construcción fálica de la paz

By Felipe Ochoa Magrovejo and Diego Redondo Cripovich

El concepto de paz es polisémico. A partir del hito que supuso la obra monumental “La Paz Perpetua” de Immanuel Kant, autores como Rawls, Schmidt, Habermas, Boulding, Galtung, entre otros, han reformulado con sus aportaciones este concepto. En este punto, resulta menester señalar que no se puede definir a la paz sin reconocer su interdependencia con las nociones de violencia y conflicto. La paz Kantiana versa esencialmente sobre una serie de reglas y preceptos que los Estados deben acatar para acercarse a su ideal de la paz. Este último es entendida como una ausencia de conflicto bélico stricto sensu, donde el Estado-Nación es el único agente relevante que prescinde de la actuación de entes no estatales.

A partir de ello, Johan Galtung acuña el término de paz positiva como reacción al concepto negativo defendido por Kenneth Boulding. La diferencia entre estas dos percepciones radica en que la última concibe a la violencia sólo de forma directa, mientras que la paz positiva comprende, además de aquella, la violencia estructural y la presencia de justicia social. Es decir que, a más de la agresión física cometida a título personal por un individuo contra otro, existen otras que se ejercen por el simple hecho de cumplir con las obligaciones rutinarias que son asignadas por la propia estructura en pro de su supervivencia. Para Galtung, esta estructura mantiene situaciones desiguales como el hambre y la pobreza.

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Sobre estos antecedentes, las teorías feministas de las relaciones internacionales también han contribuido a la reformulación del concepto de la paz. Estas corrientes científicas visibilizan el protagonismo de una desigualdad que hasta la fecha había sido ignorada: las relaciones de género. Por lo tanto, las aportaciones feministas afirman que los conceptos interrelacionados de paz, violencia y conflicto han sido construidos alrededor del falo (masculinidades). Por ejemplo, la noción de conflicto está íntimamente relacionada con la institución militar y, como sostiene Cynthia Cockburn[1], la jerarquía del militarismo es masculina y perpetúa las relaciones de poder en cuanto al género.

Asimismo, tomando en cuenta la afirmación de Goldstein que los conflictos “están entre las actividades humanas más marcadas por el género”, la consecuencia violenta de su ejercicio afecta de manera distintas a hombres y mujeres, ya que estas últimas resultan más vulnerables. Además, como explica María Jesús Izquierdo, el fundamento mismo del patriarcado radica en la violencia, por lo que resulta sencillo establecer que los procesos de subordinación de la mujer -fuente misma del feminismo- son violentos per se.

Algunos aportes académicos identifican tres aproximaciones del papel de la mujer respecto a las concepciones de paz. En primer lugar, la corriente esencialista considera que la mujer, por el hecho de serlo, resulta por antonomasia más pacífica que el hombre. Otros autores refieren a que esta consecuencia se debe a la naturaleza materna que le es inherente. Estas teorías han sido criticadas por dos razones: por un lado, excluyen a las mujeres que no quieren o no pueden ser madres y por el otro, reproducen y perpetúan roles determinados por el género. Por último, María Villellas Ariño, desde el Institut Català Internacional per la Pau, reconoce un tercer punto de vista sobre la ausencia de la mujer en la formulación de políticas públicas en torno a la paz.

Si bien reconocemos el valor del aporte de Galtung respecto a la violencia estructural, es necesario realizar una crítica fundamental: el autor no incluye en su análisis las relaciones desiguales de género. En este sentido, cabe preguntarse si la inclusión de las mujeres en la formulación de políticas resulta una estrategia adecuada para erradicar la desigualdad a la que nos referimos. En la medida que los conceptos de paz, violencia y conflicto han nacidos masculinizados -por lo que son originariamente fálicos-, incluir a las mujeres en dichos procesos no desafía la problemática subyacente.

Desde el posestructuralismo, afirmamos la necesidad de deconstruir el concepto de paz y, por ende, de conflicto y violencia, con la finalidad de reformularlos incluyendo categorías que reconozcan la heterogeneidad de las experiencias de las mujeres. Desde una perspectiva postcolonial, la interseccionalidad del género, raza y clase es un hito para el entendimiento del género, no solo como una estructura violenta de dominación, sino como un aspecto que se agudiza con otros tipos de vulnerabilidad. Es decir, un ser humano es mucho más propenso a encontrarse en procesos de desigualdad si es mujer, negra y del estrato socioeconómico más bajo.

El aporte de Galtung sobre la violencia estructural es fundamental en este sentido. Si a dicho concepto incluimos una perspectiva de género, se puede evidenciar que las mujeres son víctimas de una estructura que las oprime sistemáticamente, incluso en situaciones de “paz”. Así, la academia que ha construido aquello que se entiende universalmente como un contexto pacífico, ha prescindido de las diversas experiencias de las mujeres, logrando así que la paz sea uno más de los privilegios que ostentan los hombres. Lamentablemente, la idea inclusiva de Villellas Ariño no desafía a la problemática de la paz construida alrededor del género. La pretensión de incorporar mujeres a la formulación de políticas referentes a la paz y al conflicto no erradica el hecho que dichos conceptos ya existen y, originariamente, son fálicos.

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Por otro lado, los procesos de construcción de paz posteriores a escenarios de conflicto no impugnan los fundamentos sobre los cuales se basa el sistema de poderes y las instituciones. Su objetivo es restablecer aquel orden perdido que, en su momento de vigencia, nunca tomó en consideración los desafíos y las situaciones de desigualdad en torno al género. Incluir a más mujeres en el desarrollo de estos procesos no garantiza la destrucción del sistema heteropatriarcal. Esta incorporación la entendemos como una concesión que, intencionalmente o no, realiza el sistema para asegurar, a través de estas plataformas de participación, su propia supervivencia.

Al momento de convocar conceptos como la paz y el conflicto no se piensa en una idea que ha sido construida desde las relaciones de género. Al contrario, el conocimiento de estos significantes está relacionado con guerras, violencia, poder, víctimas, armas, etc. Estas concepciones soportan la estratificación de un sistema que mantiene privilegios para un grupo poblacional y desigualdades para otro. Por ello, al retomar la historia en la construcción de estos conceptos se comprueba que también desde la academia la desigualdad de género ha sido un tema poco abordado.

Es imperante la necesidad de afirmar que los hombres han construido el concepto de paz desde una perspectiva fálica -masculina- y que esto reproduce los roles sociales construidos alrededor del género.

Adicional a ello, es importante mencionar la urgencia de desarrollar más investigaciones que aborden la temática de género en la Academia. La creación de conocimiento no puede seguir perpetuando procesos que históricamente se han enfrentado los grupos que viven desigualdades. Las construcciones académicas alrededor del significado de la paz sirven como punto de partida para analizar muchos otros conceptos que seguramente han sido diseñados desde la masculinidad. Si el fin último en el camino del conocimiento es aportar a la búsqueda de una verdad, éste no puede ser transitado únicamente por los hombres. Este artículo también pretende desafiar a estudiantes, profesores y académicos a desarrollar corrientes que puedan deconstruir y reformular conceptos a través de diversos lentes, algunos (bajo ningún concepto exclusivos) pueden ser: teorías queer, heteropatriarcado, feminismo o el ambientalismo.

Las perspectivas postcoloniales y de feminismo radical proponen reformular los conceptos desde sus inicios. La construcción de la paz, el conflicto y la violencia es errónea porque sus prerrogativas provienen históricamente desde el lente masculino. Por ello, la mera inclusión de la perspectiva de género en procesos que desde sus inicios son fálicos no rompe las relaciones de poder, únicamente las suaviza. La perspectiva radical defiende la premisa que las estructuras tal y como están concebidas condenan los patrones de desigualdad a la perpetuidad. Por lo tanto, la reformulación del concepto de paz es imperante y para realizarla es necesario castrar su concepción originaria. Remover el falo no solo supone erradicar los privilegios del hombre sino también reconocer las diferentes experiencias de las mujeres. Esta extirpación permitirá reconsiderar los conceptos desde un análisis interseccional que incluya las categorías ya establecidas de género, raza, clase, añadiendo una última: la diversidad sexual -definida por la orientación sexual e identidad de género-. Solo así será posible la formulación de una concepción post-fálica de la paz.

[1] 2007 en From where we stand: War, women’s activism and feminist analysis. Londres: ZED

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